miércoles, 27 de marzo de 2013

lunes, 25 de marzo de 2013

LÊDO IVO

 
 
 



      La primera vez que vi escrito el nombre de Lêdo Ivo fue en este magnífico poema que Juan Carlos Mestre incluyó en La Casa Roja, el libro que le valió el Premio Nacional de Poesía en el año 2009. Ni que decir tiene que, después de aquella lectura, busqué inmediatamente a Lêdo Ivo. ¿Quién podía resignarse a seguir ignorando a ese enfermero que venda las olas y enciende con su beso las bombillas de los barcos? Y encontré a Lêdo Ivo, que por aquel entonces aún era un hombre viejo que seguía viviendo en Brasil y salía en las antologías con cara de loco. Encontré a Lêdo Ivo, el más joven de los ancianos poetas que habitan la aldea de sal, en la antología preparada por Guadalupe Grande y el propio Juan Carlos Mestre para la editorial Calambur.




      Pude, al fin, visitar Cavalo Morto, ese lugar inexistente.
 
     
CAVALO MORTO 
 
 
En Cavalo Morto, las muchachas acostumbran a salir de paseo con los soldados. Y luego a quererse. Sucede entonces algo inverosímil: después de hacer el amor, bordan en las nubes, con un alfabeto azul y blanco, el nombre de los enamorados: José, Antônio, Manuel, Joâo.
 
Las muchachas vuelven más jóvenes de esos amores entre la maleza. Regresan intrépidas, excitadas por el filtro de la luna. Y para ellas no hay ya exigencias, cobardías, acontecimientos. Sólo existen los soldados del batallón.
 
En agosto, enero, igual septiembre, las muchachas aman en Cavalo Morto. Pasan abrazadas a sus enamorados y dejan en la arena del camino algo como un rastro de espuma o velo. Los soldados no saben hacer sonetos, ¡pero cómo aman!
 
De noche, Cavalo Morto nunca está despoblado. Y si pasas un día por allí y oyes voces, risas y gemidos de amor, no te asustes por miedo a los fantasmas. Son las muchachas amándose con los soldados de Cavalo Morto.
 
 
 
 
 
   
   Lêdo Ivo (Alagoas, 1924) es un poeta singular, uno de los grandes poetas brasileños de todos los tiempos y un referente en la historia de la poesía universal contemporánea. Máximo exponente de la llamada Generación del 45, ha desarrollado una intensa labor no sólo como poeta sino también como narrador, periodista y ensayista. En marzo de 2011, Vaso Roto Ediciones publicó la primera edición mundial del libro que hoy he terminado de leer, Calima, traducido por Martín López-Vega. Un libro en el que Lêdo Ivo vuelve sobre sus preocupaciones esenciales: el universo complejo como divinidad única y múltiple, el paso del tiempo, la magia de lo cotidiano y una fe indestructible  en la vida y en la poesía. Un libro en el que se leen versos como éstos:

 
MANGOS MADUROS

Durante la noche, escuché el viento
y, de vez en cuando, un ruido sordo.
Eran mangos maduros que caían.
Por un momento se quedaban inmóviles en el suelo de mi vigilia.
Y en seguida entraban en mi sueño
con sus dulces fibras amarillas y su aroma embriagador.
Durmiendo, los oía caer en la oscuridad,
allá donde yo estaba despierto, escuchando el viento
que me seguiría la vida entera
con un ruido semejante al de los mangos maduros
cayendo de noche en el suelo de la infancia.

 
 
      Lêdo Ivo ya no vive en Brasil. Falleció en Sevilla, a finales del año pasado, a la beatífica edad de 89 años. Por favor, lean ustedes a Lêdo Ivo, no se arrepentirán. Háganme caso: llamen urgentemente al sastre de las mariposas o, en su defecto, lean ustedes a Lêdo Ivo. El mundo es mucho más inhóspito sin él.

 

jueves, 21 de marzo de 2013

CELEBRACIÓN DE LA POESÍA


¿Cómo reconocerse, cómo ser,
cómo saber, mundo, de ti -de mí-
sin este espejo o fuego,
sin este rito mágico y solemne,
enfebrecida isla,
casa que me construye y edifica
(que redime mis huesos
y acompasa mi voz
con la voz de los otros),
arrebatado sortilegio
por que la piedra es luna,
por que la luna es rosa,
por que la rosa es mar
y el mar un astro diminuto y verde...?


Islas, 1991
(VII Premio "Ángel González" de poesía) 

sábado, 9 de marzo de 2013

FIDELIDAD

       


Penélope - Bouguereau, Adolphe-William
© Mead Art Museum, Amherst College, USA.
63 x 39 1/4 in Pintura - Óleo en lienzo 1891.
                                                                                             No vaciló un instante. Durante cuatro lustros lo había esperado tenazmente, con esa devoción insensata que sólo admiten las causas irrecuperables. Durante cuatro lustros había preservado su recuerdo como se cultiva una flor de invernadero. Se había anegado en un llanto incontenible y difuso. Se había retorcido de impotencia en el silencio de su alcoba. Con amorosos y pacientes dedos, había sabido urdir la trama de la fidelidad. Cuando el mar y el tiempo decidieron devolvérselo repentinamente, envejecido por las travesías y el salitre, ella ya estaba demasiado fatigada de nostalgias como para reconocer en la vigilia al objeto de su sueño. Sintió que se enfrentaba a un intruso y que apenas tenía nada que ofrecer: si acaso un corazón tullido y sepultado bajo una densa capa de verdín. Por eso se apresuró a depositar cuidadosamente aquel recuerdo en el vientre de una botella y lo arrojó al océano, al mar del tiempo que se lo había arrebatado, para siempre, cuatro lustros atrás.
 
 
 

sábado, 2 de marzo de 2013

WISLAWA

      Hasta octubre de 1996, momento en que se le concede el Premio Nobel de Literatura, la poesía de Wislawa Szymborska era prácticamente desconocida para el público español. Para mí siguió siéndolo precisamente hasta el día anterior a su fallecimiento, en febrero del año pasado, cuando de un modo providencial llegó a mis manos la magnífica antología Paisaje con grano de arena.
      Fue un descubrimiento fantástico, un verdadero milagro de la poesía. Casi de inmediato, la señora Szymborska, esa respetable desconocida, la gran dama de la literatura polaca,  se me reveló como una de las voces más auténticas, más cálidas y cercanas del siglo XX. También una de las más divertidas. Una voz que llegaba tardíamente, pero llegaba para quedarse y formar parte de la familia, para ser simplemente Wislawa. Desprovista de toda grandilocuencia, la poesía de Wislawa proyecta su mirada (una mirada vagamente impertinente, como esos binoculares que porta en la fotografía) sobre los aspectos más simples de la vida cotidiana. Cargada de ironía, de lucidez, de agudeza, de cordialidad y una cierta inocencia, la mirada de Wislawa es siempre una mirada humana y profunda que sabe ver mucho más allá de lo que hay delante de los ojos.
      Viene esto a cuento porque acabo de finalizar la lectura de Instante, uno de sus últimos libros, publicado en España por Ediciones Igitur hace ya algunos años. Un libro tan cautivador como los anteriores. Un libro que reflexiona sobre el alma, los recuerdos, el primer amor, las nubes, el silencio de las plantas,  las preguntas que no tienen respuesta... y en el que no falta una terrible fotografía del 11 de septiembre. Un libro hecho de instantes, no necesariamente felices, pero en cualquier caso irrepetibles ("uno de esos terrenales instantes/ a los que se pide que duren").
      Poesía altamente recomendable. Poesía para todos, pero especialmente para los reacios, para los cobardes, para los que jamás se atreven a leer poesía. Nadie debería perderse la oportunidad de conocer a  Wislawa porque, una vez que se la conoce, es imposible ya desprenderse de su hechizo.
 
 

ALGO SOBRE EL ALMA

Alma se tiene a veces.
Nadie la posee sin pausa
y para siempre.

Día tras día,
año tras año
pueden transcurrir sin ella.

A veces sólo en el arrobo
y los miedos de la infancia
anida por más tiempo.
A veces nada más en el asombro
de haber envejecido. 

Rara vez nos asiste
en las tareas pesadas,
como mover los muebles,
cargar las maletas
o recorrer caminos con zapatos apretados.

Cuando hay que cortar carne
o llenar solicitudes,
generalmente está de asueto.

De mil conversaciones
toma parte sólo en una,
y no necesariamente,
pues prefiere el silencio.

Cuando el cuerpo nos empieza a doler y doler,
escapa sigilosamente de su hora de consulta.

Es algo quisquillosa:
con disgusto nos ve en la muchedumbre,
le repugna nuestra lucha por supuestas ventajas
y el rumor de los negocios.

La alegría y la tristeza
no son para ella sentimientos distintos.
Sólo cuando se unen
está presente en nosotros.

Podemos contar con ella
cuando no estamos seguros de nada
y tenemos curiosidad por todo.

De los objetos materiales
le gustan los relojes con péndulo
y los espejos que trabajan afanosos
aunque no mire nadie.

No dice de dónde viene
ni cuándo se irá de nuevo,
pero evidentemente espera esa pregunta.

Según parece,
así como ella a nosotros,
nosotros a ella
también le servimos de algo.